
Ha terminado el milenio con impresionante aceleración en los procesos de la civilización, y lo único fácilmente predecible es que seguiremos viendo cambios, cada vez más vertiginosos.
Con orgullo, recordamos y difundimos profusamente las enseñanzas de los hombres que se destacaron durante todo el periodo.
Sin embargo, debemos reconocer que la especie humana no hubiera construido la plataforma necesaria para tal evolución sin el concurso de un formidable colaborador. Un infatigable e incondicional compañero de aventuras a través de los tiempos y los espacios de nuestro planeta, a tal punto que en el derrotero del hombre a través de la historia encontramos invariablemente al lado de su huella, cual marca de imprescindible muleta, la del caballo.
Proyectada sobre la civilización, su figura adquiere la importancia del fuego o la del hierro, habiendo contribuido decisivamente- para bien o para mal- a la mencionada aceleración de su devenir.
El papel de los équidos en todo tipo de labores urbanas y rurales, en el transporte y las comunicaciones, en las migraciones de los pueblos y también en las guerras y conquistas con sus efectos determinantes, ha sido tal hasta la misma agonía del recién extinguido siglo XX, que nadie se atrevería a imaginar el curso de la historia si ellos no hubiesen existido.
La subyugante naturaleza del caballo llegó a transformarlo en mito o en leyenda, y aun en criatura divina. O lo convirtió en origen y objeto de las más diversas culturas, profundamente imbricadas en nuestras actividades sociales y vitales. Fue dios o acompañó a los dioses en los altares, y también supo del extremo sacrificio, a veces cruel, de la noria y el pisadero.
Su lomo llegó a convertirse en trono del hombre, y en su catapulta hacia el señorío en la tierra.
Llevó las armas de los guerreros, y pagó por ello con su vida.
Ningún otro ser se ha entregado tan generosamente al hombre para cuanta empresa le ha propuesto: ¡ eterno animador de epopeyas!
Todo ello es tan cierto- particularmente para este milenio que se fue- que me atrevo a proponer sin titubeos, que se le denomine y recuerde como el "Milenio del Caballo". Y llevar al mundo esta intención; con entusiasmo para hacerlo de un modo "caballero". Ninguna empresa mejor podríamos acometer los argentinos, reconocido el nuestro como "país de los caballos", en el cual la historia, la cultura y la economía los reconocen actores principalísimos.
Los tímidos orígenes de la sociedad de los équidos con al hombre se pierden en las brumas de los finales de la glaciación, cobrando todo su vigor al cabo de un constante crescendo en los últimos tres mil años, para diluirse dramáticamente en nuestros días. Al abrir nuestros caminos, ellos se llevan buena parte de la inagotable fuente de pasiones y de gozo humano que es el romanticismo.
Buscando Huellas en el tiempo encontramos las de famosos corceles, y también las del innominado asno del relato bíblico, que trasladó a María grávida hasta Belén, y luego brindó el calor de su aliento y de su cuerpo al humilde pesebre donde el niño Jesús palpitaba, en el acontecimiento que marca el inicio mismo de la Era cristiana.
Pero, ¿qué condiciones se aunaron en este animal para desempeñar tales protagonismos?. Leemos a Hans H. Isenbart en "El Gran Libro del Caballo": "nos muestra la nobleza sin arrogancia, la amistad sin envidia, la belleza sin vanidad. La gracia se alía en él a la potencia, y la fuerza se hace dulzura. Si su combate es lealtad, jamás su fidelidad es esclavismo".
Antaño cantado y glorificado, va hoy entrando rápidamente en el olvido, en un mundo de marcada tendencia a la aglomeración urbana.
Ha nacido ya más de una generación que no necesita del diario servicio y del contacto con el caballo, por lo que muchos casi no lo conocen. Hoy no lo vemos traer a nuestra puerta la leche o el pan en colorido carro, ni alcanzarnos el agua desde las entrañas de la tierra. Ya no nos lleva de aquí para allá de mil maneras, ni alegra nuestra tierna infancia moviendo el carrusel, ni muestra sobria circunspección encabezando el cortejo que nos acompaña hasta la ultima morada. Las ciudades del orbe cambiaron por el del "smog", el olor de mil años a sudor y estiércol, y la playa de estacionamiento desplazó al palenque, aquel mudo testigo de interminables esperas.
Irónicamente el progreso al que contribuyó lo ha marginado.. En otras décadas -un instante en "sus" tiempos- el avance edilicio y el vértigo del tráfico trasformaron su épica imagen en un estorbo! El ruido de tanques, aviones y misiles tapó el fragoroso retumbar de las galas de centauro coraje que fueran las cargas de caballería Aquel mundo inconmensnsurable que él ayudó a convertir en nuestra aldea global de hoy, lo ve limitado a las tareas rurales -imprescindible en la ganadería- a lose espectáculos o a los deportes ecuestres y contiendas hípicas, en los que sigue librando justas apasionantes. Pero ahora diezmadas, muy rápida y considerablemente, su trascendencia y su población mundial.
Apagado ya el ruido de cascos en las urbes, y antes de que el tiempo engulla su memoria, la llegada del tercer milenio ofrece a la humanidad la rara ocasión de abandonar por un momento afanes y rencillas, para unirse en el imperativo gesto universal de rendir el justo homenaje a los nobles équidos -equinos de todas las razas, mulares y asnales- descendientes del primitivo y diminuto eohippus, que luego de respetabilísimos cincuenta millones de años de evolución, se encontró con ese atrevido "jovencito" surgido hace apenas un millón de años : el homo sapiens.
Juntos, en tres brevísimos milenios cambiaron el mundo.
Jorge A. Diehl. Médico Veterinario. Asociación