La cosa empezó con una vieja deuda
La cosa empezó con una vieja deuda. La última vez que estuve en Caballerizas Bikuña, le prometí a Lorenzo, propietario y responsable de lugar, que le haría una caricatura con los viejos camaradas de cabalgadas en Laukiniz, que ahora montan allí todos los meses. El tiempo fue pasando y entre una cosa y otra, la caricatura estaba sin hacer.
Dos o tres años habían transcurrido. En la última Feria del Caballo de Lemoiz coincidí con Michel, uno de los jinetes de los viejos tiempos, que me recordó el tema del dibujo. Ya no tenía excusa, así que directamente quedamos en ir un día hasta Vicuña (Álava, cerca de Salvatierra), a cabalgar de nuevo con parte de la antigua banda de forajidos.
El día elegido fue el sábado 20 de noviembre. Bien pertrechados para el cambiante clima de la época nos reunimos allí Michel, Rubén, Javier, Jordi, Sonia, Lorenzo, mi hijo Jon y yo mismo.
Después de entregar la dichosa caricatura y de los saludos de rigor, terminamos de preparar los caballos que nos habían adjudicado. Colocamos las alforjas con las viandas y los impermeables en las monturas y a eso de las once partimos. A mí me tocó una yegua que parecía un poco nerviosa, pero que luego resultó una maravilla. Olimpia se llamaba.
Por detrás de las instalaciones de la hípica comenzamos la subida a la Sierra de Urbasa. El día estaba fresco y un poco nublado, pero según los pronósticos meteorológicos parecía que mejoraría el tiempo.
Tras un par de paradas para que descansaran los caballos y echar un trago de la bota, llegamos a lo alto de la Sierra, a unos 1.000 metros de altura. Imponentes bosques de hayas con el suelo cubierto de hojarasca nos dieron la bienvenida. Arcos de piedra y fantasmagóricas rocas cubiertas de espeso musgo, nos flanqueaban el paso entre los árboles. Un silencio solo roto por el sonido de las hojas al ser pisadas por nuestras cabalgaduras... bueno, y por los cánticos de Rubén y sus pláticas con su caballo, que como en los viejos tiempos nos deleitaban el paseo.
Después del bosque aparecimos en unas inmensas campas donde pastaban los caballos salvajes. Lo mejor del paseo. No pudimos reprimirnos y nos lanzamos al galope, primero corto, después tendido. Olimpia casi volaba. Acostumbrados a los paseos por pistas y caminos intrincados con praderas inaccesibles por las alambradas, aquello fue una maravilla. Algunos jugaron a los cowboys, persiguiendo a los caballos asilvestrados y otros, como Jon, se imaginaban en una batalla del Señor de los Anillos blandiendo la fusta a modo de espada.
Paramos a comer en un refugio dando merecido descanso a los animales. El sol calentaba como en primavera y alguno incluso comenzó a echarse la siesta tras la comida y el "agua de fuego". Una hora después emprendimos el regreso. Más bosques, más praderas y más galopadas. Descendimos de las montañas con la puesta de sol. Refrescaba de nuevo. Tras desenjaezar a los caballos, unas cervezas y algún bocata en el bar del picadero, atendido con esmero por Carmina, la esposa de Lorenzo. Y tras intercambiar teléfonos, direcciones de correos electrónicos, saludos, besos y abrazos, de nuevo de vuelta a la civilización.
Merece la pena perderse un día, o más, por esos parajes maravillosos. Volveremos.
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